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Dedicamos años a trabajar en un mismo lugar para retirarnos en algún momento y ahí comenzar a “disfrutar de la vida”. Pero, ¿qué pasa si no llegamos a esa edad añorada, a esa libertad? ¿Qué pasa si esa libertad la tenemos pero no nos hemos dado cuenta?

Toda la vida soñamos con visitar esos lugares que vemos en la televisión, el periódico y las revistas, pero que parece en ocasiones imposible. Sabemos que no es barato viajar, así que gastamos la vida en el mismo sitio.

Nos dan ataques de dejarlo todo atrás e irnos a trotar por el mundo. No es tan fácil como suena, pero nada en la vida lo es. Así que un día decidimos que lo haríamos, y aunque no hemos estado en todos los lugares que quisiéramos, está en nuestra agenda hacerlo.

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Chiang Mai, Tailandia

Viajar es mucho más que hacer un check mark en un bucket list, más que tomar una foto para subir a Facebook. Es darse cuenta que el lujo no está en las cosas materiales, en una casa grande, un auto último modelo o ropa de marca. El verdadero lujo está en mirar a una persona que tiene otra cultura, otro idioma, otras costumbres, y que con una sonrisa ya te comunicó todo. Uno no viaja para conocer cuán diferentes somos de otros, sino para llegar a la conclusión que no importa la latitud de nuestro hogar, somos más parecidos de lo que creemos.

Viajar se ha convertido en una asignatura, un deseo y una obligación. Es el detox o el rehab que la mente y el corazón necesitan. Inundamos nuestro cuerpo de cosas que no son buenas y luego tenemos que limpiarlo con diferentes métodos, y así mismo la mente y el corazón piden auxilio de vez en cuando. Y es ahí cuando uno sale de casa, se monta en un avión y regresa nuevo. No huimos de nada, al contrario, viajamos con el deseo de regresar distintos, mejores, y a la misma vez más viejos, con más historias, más ideas, más dudas, más ganas de viajar.

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Madrid, España

Somos quienes somos por los lugares que hemos visitado, las personas que hemos conocido, las situaciones a las que nos hemos enfrentado, pero sobre todo, somos lo que somos gracias a todo eso que entra por nuestros ojos y permitimos que se aloje en el corazón.

¿Para qué son las cosas buenas si no son para hacerlas en exceso?

Y habrá quien piense que para qué viajar, si vivimos en una Isla que lo tiene todo. Sí, lo tiene todo, y por eso mismo viajamos. Porque cuando uno sale de su mundo por un tiempo regresa más agradecido por lo que tiene. El clima, el paisaje, la naturaleza, la cultura, las costumbres, la gente. Aprendes a vivir con menos, más feliz, más cómodo contigo mismo y el espacio que ocupas.

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Santorini, Grecia

Creces como persona, y puede que al regresar lo que te parecía normal ya no te parezca. Lo que era una rutina adecuada, ya no encuentras cómo seguirla. Es ahí que te das cuenta que no solo creciste en el tiempo. Hay un dicho que dice que la peor parte de viajar es cuando regresas a casa y te das cuenta que creciste fuera del rompecabezas y ya tu pieza no encaja. Nosotros lo vemos de otra forma. Si nuestra pieza crece y regresa distinta, comenzamos un rompecabezas nuevo. Esa es la parte divertida del juego. Que con cada viaje cambia y nunca terminamos de montarlo.